Ana Abregú – Más allá de las ciudades
por Luis Espinosa
Otra vez la imagen urbana emerge en la pintura de Ana Abregú. Pero, ¿podríamos quedarnos con la idea de que sigue pintando la misma ciudad?
En sus trabajos recientes, abandona la ortogonalidad para expandirse en dos direcciones que al fin dan cuenta de un solo movimiento esencial.
Por un lado aborda un gran tamaño de soporte que se corresponde en su expansión con el vértigo de un movimiento centrífugo. Una disposición giratoria, helicoide.
Por el otro se concentra, se hace una con el centro, como un punto de conciencia a donde el dinamismo va a estar referido.
Movimiento centrípeto, anclaje en el eje vertical o en el centro del cuadro (que no está necesariamente en el centro geométrico del cuadrilátero, pero fluctúa cerca).
Este fenómeno va a desarrollarse en la serie a través de diversos niveles estéticos. En la composición, en tanto que las líneas y los planos se despliegan en abanico en derredor de ese centro. Esta disposición toma como excusa el trazado de una perspectiva que más que dar la ilusión de realidad evidencia y propone un campo de profundidad que se asociará al sentido.
Autopistas, estructuras edilicias, rejas, escaleras aparecen otra vez en el manojo temático pero no de la misma manera, entonces, tampoco con el mismo significado. Se quiebran, contraponen, desdibujan, se estructuran como una serie de obstáculos en el laberinto.
En el contraste binario que producen los planos, en extremo oscuros, en extremo claros, hay un reparto de la superficie a favor de unos u otros.
Allí es la luz la que en ese movimiento giratorio y penetrante, aparece como vía de escape.
Escaleras, vigas, columnas, barandas aportan su energía y toda la obra tiende a un ascenso. Y todo ascenso encuentra un resquicio, una salida.
Una enigmática zona donde sentimos que nos espera el aire, y hacia allí nos dirigimos. En un texto de 2006 nos preguntábamos acerca de la obra de Abregú, sus paredes superpuestas, sus cables, sus cielos: ¿No será la exacta forma de una conciencia que se busca y se descubre evidenciada en esas superficies, y se traspasa?[1]
Estamos ahora ante esa posibilidad de traspasamiento de nuestra conciencia. Es evidente que Ana no nos muestra autopistas, tan sin cuidado en los detalles las presenta. Allí donde se definen encuentran su contracara en la chorreadura o el empaste. Más se parecen a nuestro estado de incompletud, a nuestra percepción de estar viviendo siempre en los límites.
Por eso, al traspasarse, la conciencia en ese único movimiento esencial, desarticula el límite y sale hacia un afuera que no tiene por qué estar espacialmente afuera. Estas pinturas nos aportan otra clave en el estallido solitario de un color. La saturación de un rojo, un azul, violeta o amarillo, son intensidad de una salida hacia adentro, hacia la interioridad que se desborda liberándose. Liberación que se experimenta por la percepción de intensidad de la relación con los límites más que por la expansión en el espacio más allá de ellos.